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La Pura y Limpia Concepcion

 

En julio de 1641, la Flota de Nueva España parte de Veracruz (México), en su viaje de vuelta a la Península Española.

El convoy estaba formado por treinta naves. A la cabeza iba, el galeón San Pedro y San Pablo; en la cola, la nave del almirante Juan de Villavicencio, el “Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción”, un galeón construido en 1620 de 600 toneladas.

Cuando zarpó de Veracruz, el Concepción estaba en muy mal estado, pero se pensaba que aún lograría navegar cuatro mil millas a través del océano.

La nave iba superpoblada y sobrecargada. A bordo viajaban 540 personas entre tripulación y pasajeros además de una carga de incalculable valor.

Nada menos que 25 toneladas de oro y plata, así como miles de monedas de Felipe IV producidas en las minas de México y Bolivia.

También llevaba un cargamento de porcelana china de la dinastía Ming, joyas, piedras preciosas y las pertenencias de la viuda de Hernán Cortés.  

Además del inevitable contrabando de oro y plata, que representaba, al menos, un tercio de la carga oficial.  

El Concepción llevaba tres veces el peso autorizado.

El mar acecha

Tras la partida de Veracruz, el convoy decide hacer escala en la Habana para reparar fugas y averías.

Esto lleva más tiempo de lo pensado y recién el 20 de setiembre La Flota de Nueva España finalmente zarpa rumbo a casa.

Parten un mes después de la fecha límite aconsejada para evitar la temporada de huracanes.

Todo fue bien al principio y tras una semana de navegación fácil superan con éxito el canal de Bahamas.  Lejos del Estrecho de Florida viran al noreste hacia Bermudas.

Pero el mar los estaba esperando y el 30 de setiembre la Flota es azotada por un terrible huracán y la mayoría de los barcos terminan naufragando.

Durante la feroz tormenta, el Concepción estuvo a punto de volcar y las fugas reparadas se abrieron nuevamente.

Sus bodegas se inundaron con 3 metros de agua.

A bordo cada persona se despedía sin consuelo, esta desesperación llegó a su punto más alto cuando la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, patrona del barco, fue barrida de la popa por una enorme ola.

Maltrecha rumbo a Puerto Rico

A pesar de todo, El Concepción consiguió salvarse. Quedó desarbolado y el fuerte oleaje lo arrastró lejos de su rumbo.

Cuando la tormenta amainó, se ordenó cortar el mástil principal y arrojar varios cañones por la borda para aligerar la nave.

Con esto, se logró recuperar el control, pero obviamente, el galeón no estaba en condiciones de cruzar el Atlántico.

Era preciso llegar a Puerto Rico, a unas mil millas al sudeste, para hacer las reparaciones necesarias.

Cambian el curso y “Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción” cojea y soporta durante tres semanas dañada y abatida.

Me lavo las manos

El 23 de octubre, el piloto Bartolomé Guillen, anuncia que se encuentran navegando al norte de Puerto Rico y ordena virar 10 grados al sur.

El comandante del Concepción, Don Juan de Villavicencio, piensa que Guillen está equivocado. No habían navegado tan lejos hacia el este. 

Creía que estaban al norte, no de Puerto Rico, sino de los Abrojos (literalmente "abre los ojos"), una zona peligrosa de bancos de arena y arrecifes a unos ochenta kilómetros al norte de La Española. 

Guillen y Villavicencio se enfrentan y se produce un motín a bordo. Finalmente, el piloto tuvo la última palabra y ordenó cambiar el rumbo. 

Sin más, en un gesto dramático, el Capitán Villavicencio pidió que le trajeran un recipiente con agua a la cubierta de popa y, a la vista de la tripulación y los pasajeros reunidos, se lavó las manos de toda responsabilidad.

Después del episodio, siguió una semana de clima tranquilo.

Pero, el 30 de octubre, el viento se levanta del noreste y la velocidad del galeón aumenta.  A las ocho de la tarde, el barco se estremece y golpea violentamente contra unos arrecifes sumergidos.

¿Dónde estaban? ¿Al norte de Puerto Rico o al norte de los Abrojos? 

De este a oeste, las discrepancias cubrían un rango de 350 millas y de norte a sur más de cien. ¡Estaban verdaderamente perdidos!

Dale que lo sacamos

De manera urgente el capitán ordena fabricar balsas con la madera del buque. Pero, otro motín se produce y los oficiales se obstinan en reflotar la nave.

El daño inicial no era demasiado, pero en los intentos por liberar el barco los corales abrieron varios boquetes más en el casco.

Su situación ahora era desesperada. La nave estaba bien atascada.  No les quedaba más remedio que abandonarla.

El primero en hacerlo fue el propio Villavicencio junto a otras 32 personas distinguidas. Usaron la lancha larga y se dirigieron al sur. Otro impactante caso de oficiales y caballeros primero. 

Los pasajeros y la tripulación comenzaron desesperadamente a arrancar los tablones del armazón del buque para improvisar balsas.

Finalmente, el Concepción asentado entre dos aristas de coral acabó partiéndose por su popa a 15 metros de profundidad. 

En un intento por salvar el oro y la plata, los últimos treinta hombres en abandonar el barco arrojaron parte de la carga sobre el arrecife para que pudiera ser localizada.

 Abrí los ojos

Cuando la lancha llegó a tierra. Reconocieron exactamente dónde estaban: Puerto Plata, en la costa norte de La Española, muy lejos de Puerto Rico. 

Ocho balsas precarias siguieron el rumbo de la lancha. A 5 de ellas nunca se las volvió a ver.

Otro grupo de 120 personas distinguidas partió en dos balsas mucho mejor construidas y más fuertes que el resto.

Esto les permitió llegar a tierra firme, pero al recalar, en desagradable bienvenida, fueron capturados por piratas ingleses. 

El capitán pirata les preguntó dónde habían naufragado y los españoles no tuvieron más remedio que revelar el lugar y respondieron: En los arrecifes al norte de Anegada. 

¡Borrachos!, Rio él, No fue en Anegada. Estaban en “los Abrojos”. 

El Concepción había naufragado a 75 millas al norte de La Española (la actual República Dominicana).

Los piratas no les hicieron daño. Simplemente los despojaron de sus ropas finas y de sus adornos personales.

Mas tarde fueron en busca del botín, pero irónicamente, también naufragaron.

De los 540 pasajeros y tripulación sólo 180 lograron sobrevivir. Muchos hombres cayeron por la borda, murieron por agotamiento o presa de los tiburones.

Esto está difícil

La extraordinaria carga de oro y plata del Concepción hizo que de inmediato surgiera el proyecto de rescatar el tesoro hundido. El propio Villavicencio trató de organizar varias expediciones, pero la burocracia, los temporales y los piratas franceses se lo impidieron.

Además, la ubicación no estaba muy clara, la peligrosa masa de coral en la que había zozobrado el barco tenía casi 65 kilómetros de longitud, y en algunos lugares más de uno y medio de ancho.

Ante las dificultades, el capitán se dio por vencido.

El primer rescate

Pero, un naufragio tan rico no podía ser olvidado.

Por eso, y en 1687, 46 años después, William Phips, capitán de la marina mercante de Nueva Inglaterra, conoce a un sobreviviente del Concepción, quien le revela la posición del pecio a cambio de una parte del botín.

Sin perder tiempo, Phips consigue financiamiento de la nobleza inglesa y se aventura en dos barcos: El James and Mary, capitaneado por él, y el Henry, al mando de su amigo el capitán Francis Rogers. Con ellos se dirige a La Española.

Para engañar a las autoridades y que nadie interfiriera en su verdadera misión, Phips permanece en puerto con el James and Mary como si se dedicara al comercio, mientras Rogers iba en busca del pecio en el otro navío.

Los dos barcos pasaron 59 días en el lugar del naufragio.

Rogers, llevaba en el Henry a unos indios caribes buscadores de perlas que con ayuda de piedras eran capaces de sumergirse a más de 15 metros de profundidad y durar hasta 5 minutos.

La tarea no fue fácil, pero pudieron localizar los restos.

Cuando zarparon para Inglaterra llevaban casi 30 toneladas de monedas, barras y planchas de plata, más de once kilos de oro en lingotes y varios sacos con piedras preciosas.

Habían rescatado alrededor del 13 % de la carga y no podían recoger más debido a la falta de provisiones, al mal tiempo y a la presencia de piratas franceses.

Phips se volvió inmensamente rico y a cambio de repartir sus ganancias con la Corona y sus patrocinadores, fue nombrado caballero y en 1691 se convirtió en gobernador de la colonia americana de Massachusetts.

Aunque Phips y Rogers sabían que aún quedaba mucho del tesoro en el Concepción, aquella fue su última expedición.

El segundo rescate

A partir de entonces, el navío cae en el olvido durante casi tres siglos hasta que en 1960 Jacques Cousteau intenta localizarlo y fracasa.

Finalmente, es el cazatesoros norteamericano, Burt Webber, quien encuentra la pista del galeón español.

Webber que había fracasado en la búsqueda de otros galeones conoce en El Archivo de Indias de Sevilla, a un estudioso del Concepción que había encontrado el diario de Phips.

El problema era que este documento no indicaba la posición del pecio; tal información debía figurar lógicamente en el diario de Rogers, el marino que dirigió el rescate a bordo del Henry, pero su rastro se había perdido. 

Hasta que, en abril de 1978, Webber recibe una sorprendente carta de Peter Earle, profesor de Economía y aficionado a la historia naval. 

En ella, Earle le proponía escribir un libro sobre el Concepción y al final dejaba caer esta frase: «Dicho sea de paso, tengo el cuaderno de bitácora de Francis Rogers» no me interesa la búsqueda del tesoro sino la historia. ¿Le interesa a usted? 

¡La suerte ahora le sonreía! Cuando Webber leyó el diario de Rogers, quedó sumamente motivado. El capitán describía la posición del pecio con todo lujo de detalles.

 

El botín soñado

Burt Webber organiza el rescate. Acuerda con las autoridades dominicanas entregar las piezas de valor histórico y llevarse el cincuenta por ciento de lo rescatado.

El 30 de noviembre de 1968 después de meses de exploración, Webber y sus buceadores nuevamente encuentran el Concepción.

Recuperan cerca de 60.000 monedas, joyas, cadenas de oro, instrumentos de navegación y objetos curiosos como un baúl con doble fondo donde se escondían monedas de contrabando.

La operación fue un éxito económico, pero hay quiénes lo calificaron como un desastre para la arqueología marítima.

Webber no había seguido ningún tipo de metodología, ni registro científico y destrozó el yacimiento.

De estas acusaciones el cazatesoros se defiende: “¿Es un sacrilegio rescatar y comercializar tesoreros como estos? ¿Cuántos miles de monedas se puede usar y exhibir en un museo?”

webber critica también la política del Gobierno español contra aquellos que encuentran restos arqueológicos españoles diciendo: "Honestamente, existen muchos, muchos naufragios ricos en la costa española y el Gobierno español no tiene ninguna misión de rescate en ninguna zona”.

 

Lic. Florencia Cattaneo

Campo Embarcaciones

Bróker Náutico

 

Fuentes:

Peter Earle; Búsqueda del tesoro: naufragio, buceo y la búsqueda del tesoro en una era de héroes

Pag web National Geographic.es; El Concepción, un galeón presa de los cazatesoros

Pag web el imparcial.es; El galeón 'La Concepción': ¿un antes y un después en la gestión del patrimonio subacuático?

Pag web el baúl de Josete.es; En busca del gran tesoro del Concepción

Emilie Tavel Livezey ; Tesoros perdidos

 
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